domingo, 12 de julio de 2026

Relato: En busca de la visión en la montaña.

 

Participante en el Concurso de relatos en el Centenario de la Revista Pyrenaica 1926-2026.

En una época postapocalíptica, tras el gran apagón y colapso eléctrico: la raza blanca se extinguió y sólo sobrevivieron los llamados mestizos o indígenas, razas que provenían de tribus milenarias y aún conservaban la memoria, la sabiduría ancestral y su conexión original con la Madre Tierra. Los blancos dejaron de mirar a las estrellas, escuchar el viento, adivinar con piedras y huesos, no entendían la lluvia ni el ritmo de las estaciones ni las fases de la luna por eso no se adaptaron a la nueva Era. Los mestizos abandonaron las ciudades y volvieron a ocupar sus aldeas en bosques y selvas y vivir como sus ancestros.

Cada año las tribus enviaban a participar a “La Carrera del Guía Maestro” al mejor muchacho que hubiera superado y recorrido las sendas del Guerrero, Sanador y Visionario. Sólo les quedaba recorrer la senda del Maestro y que guiarían en un futuro a su comunidad con justicia y discernimiento. Eran excelentes exploradores, cazadores, rastreadores y dominaban el arte del respeto a la Madre Tierra. Conocían los sonidos de los animales salvajes: el puma, el jaguar, la serpiente y los antídotos en mordeduras y venenos.

Ki-pui era uno de esos muchachos. Nació como niño arcoiris con el ADN Cristal y luz dorada. Había desarrollado su Glándula Pineal y su conexión toroide con el Universo y la Madre Tierra. Se guiaba por las energías telúricas y las estrellas. Había recuperado todo lo que las razas anteriores perdieron miles de años atrás. Sus sentidos eran los originales, estaban despiertos y afinados.

Ki-pui llegó con su vestuario minimalista: sandalias, una manta en la cintura, cantimplora de piel, un pequeño hacha y su bolsa medicina con salvia, romero y cristales de cuarzo.

La Carrera del Guía Maestro era una prueba de iniciación, un rito de paso: consistía en recorrer 150 km en un máximo de 4 días y en un hábitat elegido por el Consejo de Ancianos. No se trataba de llegar el primero, todos podían conseguirlo. No sólo se valoraba finalizarla, sino el aprendizaje de virtudes en esa experiencia que sólo un Maestro podría conseguir desde la soledad y supervivencia en la naturaleza. A pesar de ser muchachos despiertos no todos lo conseguían, debía haber belleza en sus cualidades humanas.

Los Ancianos se pronunciaron sobre el lugar elegido para la prueba: -“El desierto”.

Entre los participantes hubo confusión y dudas. Todos provenían de las selvas del norte con las riquezas de sus bosques y animales que lo habitaban. ¿El desierto? Nadie vive allí: es salvaje, sin rios ni arroyos, sin límites, una tierra sin voz ni belleza, reseca, áspera, pobre, silenciosa, mutilada, sin frutos, ni hierba, ni manantiales, ni árboles, desesperante…Nadie lo habitaba, nadie elige esa dirección. No hay senderos de agua ni pisadas de animales que seguir...¿Cómo orientarse con tanto horizonte? Algunos decidieron desertar de la prueba ante un posible fracaso.

Ki-pui también dudó: - “Una tierra sin domar, quemada, polvorienta, seca y con cicatrices..!”. Entonces pensó en trabajar su primera virtud: CONFIANZA en él y en la Madre Tierra. Él no estaba solo, llevaba sus guias y animales de poder, tenía a las estrellas, el sol, la luna, las 4 direcciones y sostenido por Madre Tierra: ellos le guiarían. Llevaba su canción y su danza medicina.

Otra virtud que sintió en su corazón fue el COMPROMISO con su comunidad: habían puesto las esperanzas en él como futuro Maestro, Chamán, guía de la tribu. No iba a decepcionarles.

Cuando se trasladaron al desierto y al empezar la carrera Ki-pui sólo tenía un pensamiento en su mente: “el agua”. En su territorio los rios corrían frescos y limpios y bebían de sus aguas transparentes. Los bosques húmedos guardaban el rocío de la mañana en sus hojas y bebían de ellas. No había nada que amar en el desierto en un paisaje tan monótono, sólo tenía un silencio que encerraba secretos y él desconocía. Así aprendió la tercera virtud: LA HUMILDAD.

Esa ruta sin agua no podría ser exitosa y sentía que estaba alejada de la ruta trazada, que  debía retroceder para llenar su cantimplora. Comenzó a andar en dirección contraria a su destino, los Ancianos le indicaron de nuevo la ruta. Ki-pui se sintonizó con sus sentidos: su instinto y sensaciones corporales le llevaba donde ensalivaba o sentir el agua en su vejiga, eso era una respuesta para él conocida. Caminó muchos kilómetros en dirección opuesta y estaba fatigado por el sol y la sed. Se acordaba de su aldea y cómo recorría los bosques y mastica hierbabuena y menta.

El aire cálido resecaba su cuerpo y su respiración. Abrió su bolsa medicina y cogió las puntas de cuarzo para amplificar la señal del agua. Encontró dos palos los cortó del mismo tamaño como un zahorí para concentrarse en la dirección acertada del agua y siguió caminando. El paisaje empezó a desorientarle tan lleno y tan vacío a la vez, mismo color, mismas texturas, mismo olor...Se miraba hacia dentro y era paisaje, se había mimetizado con la arena y las dunas. Él era él con el paisaje, dentro y fuera. Estaba cansado de esas infinitas posibilidades que no sabía aprovechar. Sintió un movimiento de los palos que ese cruzaron, él seguía una línea telúrica de un sendero muy antiguo, quizá milenario, nómadas de habitantes del desierto. Podía oir su canción, una melodía que aún resonaba lejana. Allí paró y pasaría la noche. Se tumbó sobre la pequeña manta que llevaba y puso la mano en su corazón:- “Madre Tierra, ayúdame en esta misión, desconozco este lugar.  Tú serás mis ojos y mis oidos.” Y la petición se la entregó la Universo… Se quedó dormido. Había aprendido su cuarta virtud: LA RENDICIÓN.

A la mañana siguiente sintió un cosquilleo en su espalda, pensó que serían alacranes mordisqueándole y se levantó de un impulso. Tenía la espalda mojada y la manta húmeda, no era sudor. Excavó como pudo con sus manos y allí mismo brotó el agua que rezumaba limpia. - “Madre Tierra, gracias por este regalo…!” estaba eufórico, estas pistas invisibles le llevarían a su propósito, ya no necesitaba nada más. Había aprendido la quinta virtud: la alegría de LA ABUNDANCIA.

Había perdido una jornada en buscar el agua y ya podía retomar de nuevo el recorrido sin esa presión. Llevaba unos dátiles, semillas de amaranto y flores de yuca secas para le camino. Todo era un nuevo aprendizaje para él en un lugar tan inhóspito y perdido. Continuó caminando con paso firme y decidido, como el sonido continuo de las sonajas en las noches de danzas alrededor del fuego. Su sexta virtud llegó sola y serena: LA ESPERANZA, nunca le faltó.

A medida que avanzaba debía subir de altitud más y más, era como ascender a una meseta llena de dunas y rompepiernas porque subía y bajaba y subía y andar sobre esa arena era costoso, se hundían los pies, debía hacer esfuerzo en cada pisada así como adaptarse a la altura y el aire cargado de partículas de polvo que le hacían toser. Se esforzaba en buscar senderos invisibles pues toda tierra tiene memoria y los caminos se vinculaban a las canciones de sus habitantes, como partituras musicales o mapas de notas por las pisadas de los antepasados y susurraban canciones que le orientaban. En el desierto, la partitura estaba en blanco y costaba sintonizarse con esas memorias que alguien depositó como energía impresa en sendas pero cada paso borraba sus pisadas.

Durante toda la jornada sintió una sombra que le seguía, oía su respiración y jadeos, era un coyote que le había rastreado. Si él paraba, el coyote también. Ki-pui conocía a los lobos pero no a los coyotes. Uno solitario no era buena señal ¿estaba herido?¿había sido expulsado por su manada? Tenía la sensación de que cojeaba y que estaba tanto o más cansado que él. Estaba anocheciendo y buscaba un lugar donde pasar la noche cuando el coyote como si lo adivinara se le adelantó y se paró. Se quedó tumbado sobre la arena en su misma dirección, imposible no coincidir. Como si hubiera elegido un buen lugar donde descansar y esperarle.

Se acercó al coyote, su respiración era muy rápida y se le veía exhausto. Desconocía su forma de reaccionar pues era un animal salvaje, astuto y misterioso. Supuso que como muchos animales cuando sienten que van a morir se alejan de su manada para no retrasarles. Sintió pena por él y a la vez una compañía por primera vez en el desierto. Se sentó junto a él, estaba indefenso, tocó su lomo y su pecho, el corazón le iba a mil por hora. Sintió la esfera de color que se generó entre los dos, vinculados ya por el camino recorrido, entendía sus señales, necesitaba descansar: - “Te veo y te honro”, dijo valorando su esfuerzo. Sacó su cantimplora y le ofreció un poco de su agua pero no la quiso. Ki-pui dibujó un círculo de protección alrededor de ellos dos, ése era el lugar escogido para pasar la noche y lo harían juntos. Quemó un poco de salvia y romero y lo ofreció al Gran Espíritu. Miraba al cielo y buscaba la Constelación de Pléyades para pedir consejo y guía en el camino. Es allí donde van las almas de animales y humanos cuando mueren. Y así se durmió, tumbado junto al coyote con su latido cada vez más suave. Había aprendido la sexta virtud: LA COMPASIÓN.

A la mañana siguiente sintió la piel recia del coyote sin vida, ya no le latía el corazón, su Alma había viajado junto al Gran Espíritu. Sintió mucha paz por él. Le cortó un poco de pelo y lo anudó en su bolsa medicina como amuleto, así llevaría su espíritu y poder con él, sus instintos y fuerza salvaje: la Tierra y el Fuego de este paisaje.

Ki-pui se sintió fortalecido, había dormido toda la noche, sus piernas descansadas y llenas de energía para el camino. El coyote había elegido un lugar especial para reconfortarse: un respiradero de la tierra o vórtice energético donde recuperar su energía vital como un efecto diapasón. Pensó que sus antepasados allí habrían construido un dolmen o menhir o templo sagrado.

La siguiente jornada avanzaba con más agilidad, como si su cuerpo se hubiera adaptado al medio. Echaba de menos la compañía del coyote que conocía ese territorio. Invocó su fuerza y cantó su canción, eso le inspiraba y potenciaba: “Coyote, mensajero de los espíritus, guíame a las praderas verdes de mi tierra, tú eres mis ojos, mis oidos, mi energía. Bendíceme con tu astucia y resistencia. Corramos juntos a esa meta lejana. Veloces como el viento...”

La carrera ya estaba finalizando, quedaban pocos kilómetros. Estaba contento, en su corazón sonaba el tambor y el coraje del guerrero. La experiencia de encontrar “La visión en la montaña” había sido dura pero llevaba su verdad. Este camino del Maestro le acercaba más a la confianza y el desapego.

Al llegar al final le esperaban el Consejo de Ancianos que le condujeron al Gran Espíritu. Allí le preguntaron: - ¿Qué has aprendido en tu viaje en búsqueda de la visión? Ki-pui estaba satisfecho de su viaje, cansado pero fortalecido:

- “He aprendido a tener confianza en mí, el compromiso con mi comunidad, a saber rendirme, la alegría de la abundancia, la esperanza y la compasión”.

¿Hay algo más que has aprendido? - Sí, dijo Ki-pui. EL MERECIMIENTO. Esta senda la he conquistado, la he transitado. He finalizado mi cuarta senda: ser Guía Maestro.

Así es, respondieron los Ancianos, lo has hecho con coraje, determinación y valentía. Todos le aplaudieron. Ki-pui pensó en lo orgullosa que estaría su tribu y que con la ayuda de los suyos sería un futuro Gran Maestro.  No es fácil guiar a otros, hay que tener claridad y cualidades trabajadas en soledad y con esfuerzo. Él había recorrido todos esos senderos con sabiduría. Ahora entendía aquello de: “Nadie puede llevarte a donde no ha ido…!” 

Nota de la autora. Los humanos no hemos perdido nuestra conexión con la tierra, lo llevamos en el ADN desde hace miles de años pero las tecnologías, la digitalización y radiaciones electromagnéticas las ha dormido: sentir las corrientes subterráneas de agua y las fallas en nuestro cuerpo y así poder buscar un buen lugar donde estar. Sólo debemos despertar en nosotros cómo conectar con lugares energéticos y armonizados: las cumbres de las montañas o en los claros de los bosques, cuevas o construcciones milenarias de nuestros antepasados como dólmenes y menhires que los señalan.




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