Participante en el Concurso de relatos en el Centenario de la Revista Pyrenaica 1926-2026.
En una época postapocalíptica, tras el gran apagón y colapso eléctrico: la raza blanca se extinguió y sólo sobrevivieron los llamados mestizos o indígenas, razas que provenían de tribus milenarias y aún conservaban la memoria, la sabiduría ancestral y su conexión original con la Madre Tierra. Los blancos dejaron de mirar a las estrellas, escuchar el viento, adivinar con piedras y huesos, no entendían la lluvia ni el ritmo de las estaciones ni las fases de la luna por eso no se adaptaron a la nueva Era. Los mestizos abandonaron las ciudades y volvieron a ocupar sus aldeas en bosques y selvas y vivir como sus ancestros.
Cada año las tribus enviaban a
participar a “La Carrera del Guía
Maestro” al mejor muchacho que hubiera superado y recorrido las sendas del
Guerrero, Sanador y Visionario. Sólo les quedaba recorrer la senda del Maestro
y que guiarían en un futuro a su comunidad con justicia y discernimiento. Eran
excelentes exploradores, cazadores, rastreadores y dominaban el arte del
respeto a la Madre Tierra. Conocían los sonidos de los animales salvajes: el
puma, el jaguar, la serpiente y los antídotos en mordeduras y venenos.
Ki-pui era uno de esos muchachos.
Nació como niño arcoiris con el ADN Cristal y luz dorada. Había desarrollado su
Glándula Pineal y su conexión toroide con el Universo y la Madre Tierra. Se
guiaba por las energías telúricas y las estrellas. Había recuperado todo lo que
las razas anteriores perdieron miles de años atrás. Sus sentidos eran los originales,
estaban despiertos y afinados.
Ki-pui llegó con su vestuario
minimalista: sandalias, una manta en la cintura, cantimplora de piel, un
pequeño hacha y su bolsa medicina con salvia, romero y cristales de cuarzo.
La Carrera del Guía Maestro era una prueba
de iniciación, un rito de paso: consistía en recorrer 150 km en un máximo de 4
días y en un hábitat elegido por el Consejo de Ancianos. No se trataba de
llegar el primero, todos podían conseguirlo. No sólo se valoraba finalizarla,
sino el aprendizaje de virtudes en esa experiencia que sólo un Maestro podría
conseguir desde la soledad y supervivencia en la naturaleza. A pesar de ser
muchachos despiertos no todos lo conseguían, debía haber belleza en sus
cualidades humanas.
Los Ancianos se pronunciaron sobre el
lugar elegido para la prueba: -“El desierto”.
Entre los participantes hubo confusión
y dudas. Todos provenían de las selvas del norte con las riquezas de sus
bosques y animales que lo habitaban. ¿El desierto? Nadie vive allí: es salvaje,
sin rios ni arroyos, sin límites, una tierra sin voz ni belleza, reseca,
áspera, pobre, silenciosa, mutilada, sin frutos, ni hierba, ni manantiales, ni
árboles, desesperante…Nadie lo habitaba, nadie elige esa dirección. No hay
senderos de agua ni pisadas de animales que seguir...¿Cómo orientarse con tanto
horizonte? Algunos decidieron desertar de la prueba ante un posible fracaso.
Ki-pui también dudó: - “Una tierra sin
domar, quemada, polvorienta, seca y con cicatrices..!”. Entonces pensó en
trabajar su primera virtud: CONFIANZA en él y en la Madre Tierra. Él no estaba
solo, llevaba sus guias y animales de poder,
tenía a las estrellas, el sol, la luna, las 4 direcciones y
sostenido por Madre Tierra: ellos le guiarían. Llevaba su canción y su danza
medicina.
Otra virtud que sintió en su corazón
fue el COMPROMISO con su comunidad: habían puesto las esperanzas en él como
futuro Maestro, Chamán, guía de la tribu. No iba a decepcionarles.
Cuando se trasladaron al desierto y al
empezar la carrera Ki-pui sólo tenía un pensamiento en su mente: “el agua”. En
su territorio los rios corrían frescos y limpios y bebían de sus aguas
transparentes. Los bosques húmedos guardaban el rocío de la mañana en sus hojas
y bebían de ellas. No había nada que amar en el desierto en un paisaje tan
monótono, sólo tenía un silencio que encerraba secretos y él desconocía. Así
aprendió la tercera virtud: LA HUMILDAD.
Esa ruta sin agua no podría ser
exitosa y sentía que estaba alejada de la ruta trazada, que debía retroceder para llenar su cantimplora.
Comenzó a andar en dirección contraria a su destino, los Ancianos le indicaron
de nuevo la ruta. Ki-pui se sintonizó con sus sentidos: su instinto y
sensaciones corporales le llevaba donde ensalivaba o sentir el agua en su
vejiga, eso era una respuesta para él conocida. Caminó muchos kilómetros en
dirección opuesta y estaba fatigado por el sol y la sed. Se acordaba de su
aldea y cómo recorría los bosques y mastica hierbabuena y menta.
El aire cálido resecaba su cuerpo y su
respiración. Abrió su bolsa medicina y cogió las puntas de cuarzo para
amplificar la señal del agua. Encontró dos palos los cortó del mismo tamaño
como un zahorí para concentrarse en la dirección acertada del agua y siguió
caminando. El paisaje empezó a desorientarle tan lleno y tan vacío a la vez,
mismo color, mismas texturas, mismo olor...Se miraba hacia dentro y era
paisaje, se había mimetizado con la arena y las dunas. Él era él con el
paisaje, dentro y fuera. Estaba cansado de esas infinitas posibilidades que no
sabía aprovechar. Sintió un movimiento de los palos que ese cruzaron, él seguía
una línea telúrica de un sendero muy antiguo, quizá milenario, nómadas de
habitantes del desierto. Podía oir su canción, una melodía que aún resonaba
lejana. Allí paró y pasaría la noche. Se tumbó sobre la pequeña manta que
llevaba y puso la mano en su corazón:- “Madre Tierra, ayúdame en esta misión,
desconozco este lugar. Tú serás mis ojos
y mis oidos.” Y la petición se la entregó la Universo… Se quedó dormido. Había
aprendido su cuarta virtud: LA RENDICIÓN.
A la mañana siguiente sintió un
cosquilleo en su espalda, pensó que serían alacranes mordisqueándole y se
levantó de un impulso. Tenía la espalda mojada y la manta húmeda, no era sudor.
Excavó como pudo con sus manos y allí mismo brotó el agua que rezumaba limpia.
- “Madre Tierra, gracias por este regalo…!” estaba eufórico, estas pistas
invisibles le llevarían a su propósito, ya no necesitaba nada más. Había
aprendido la quinta virtud: la alegría de LA ABUNDANCIA.
Había perdido una jornada en buscar el
agua y ya podía retomar de nuevo el recorrido sin esa presión. Llevaba unos
dátiles, semillas de amaranto y flores de yuca secas para le camino. Todo era
un nuevo aprendizaje para él en un lugar tan inhóspito y perdido. Continuó
caminando con paso firme y decidido, como el sonido continuo de las sonajas en
las noches de danzas alrededor del fuego. Su sexta virtud llegó sola y serena:
LA ESPERANZA, nunca le faltó.
A medida que avanzaba debía subir de
altitud más y más, era como ascender a una meseta llena de dunas y rompepiernas
porque subía y bajaba y subía y andar sobre esa arena era costoso, se hundían
los pies, debía hacer esfuerzo en cada pisada así como adaptarse a la altura y
el aire cargado de partículas de polvo que le hacían toser. Se esforzaba en
buscar senderos invisibles pues toda tierra tiene memoria y los caminos se
vinculaban a las canciones de sus habitantes, como partituras musicales o mapas
de notas por las pisadas de los antepasados y susurraban canciones que le
orientaban. En el desierto, la partitura estaba en blanco y costaba
sintonizarse con esas memorias que alguien depositó como energía impresa en
sendas pero cada paso borraba sus pisadas.
Durante toda la jornada sintió una
sombra que le seguía, oía su respiración y jadeos, era un coyote que le había
rastreado. Si él paraba, el coyote también. Ki-pui conocía a los lobos pero no
a los coyotes. Uno solitario no era buena señal ¿estaba herido?¿había sido
expulsado por su manada? Tenía la sensación de que cojeaba y que estaba tanto o
más cansado que él. Estaba anocheciendo y buscaba un lugar donde pasar la noche
cuando el coyote como si lo adivinara se le adelantó y se paró. Se quedó
tumbado sobre la arena en su misma dirección, imposible no coincidir. Como si
hubiera elegido un buen lugar donde descansar y esperarle.
Se acercó al coyote, su respiración
era muy rápida y se le veía exhausto. Desconocía su forma de reaccionar pues
era un animal salvaje, astuto y misterioso. Supuso que como muchos animales
cuando sienten que van a morir se alejan de su manada para no retrasarles.
Sintió pena por él y a la vez una compañía por primera vez en el desierto. Se
sentó junto a él, estaba indefenso, tocó su lomo y su pecho, el corazón le iba
a mil por hora. Sintió la esfera de color que se generó entre los dos,
vinculados ya por el camino recorrido, entendía sus señales, necesitaba
descansar: - “Te veo y te honro”, dijo valorando su esfuerzo. Sacó su
cantimplora y le ofreció un poco de su agua pero no la quiso. Ki-pui dibujó un
círculo de protección alrededor de ellos dos, ése era el lugar escogido para
pasar la noche y lo harían juntos. Quemó un poco de salvia y romero y lo
ofreció al Gran Espíritu. Miraba al cielo y buscaba la Constelación de Pléyades
para pedir consejo y guía en el camino. Es allí donde van las almas de animales
y humanos cuando mueren. Y así se durmió, tumbado junto al coyote con su latido
cada vez más suave. Había aprendido la sexta virtud: LA COMPASIÓN.
A la mañana siguiente sintió la piel
recia del coyote sin vida, ya no le latía el corazón, su Alma había viajado
junto al Gran Espíritu. Sintió mucha paz por él. Le cortó un poco de pelo y lo
anudó en su bolsa medicina como amuleto, así llevaría su espíritu y poder con
él, sus instintos y fuerza salvaje: la Tierra y el Fuego de este paisaje.
Ki-pui se sintió fortalecido, había
dormido toda la noche, sus piernas descansadas y llenas de energía para el
camino. El coyote había elegido un lugar especial para reconfortarse: un
respiradero de la tierra o vórtice energético donde recuperar su energía vital
como un efecto diapasón. Pensó que sus antepasados allí habrían construido un
dolmen o menhir o templo sagrado.
La siguiente jornada avanzaba con más
agilidad, como si su cuerpo se hubiera adaptado al medio. Echaba de menos la
compañía del coyote que conocía ese territorio. Invocó su fuerza y cantó su
canción, eso le inspiraba y potenciaba: “Coyote, mensajero de los espíritus,
guíame a las praderas verdes de mi tierra, tú eres mis ojos, mis oidos, mi
energía. Bendíceme con tu astucia y resistencia. Corramos juntos a esa meta
lejana. Veloces como el viento...”
La carrera ya estaba finalizando,
quedaban pocos kilómetros. Estaba contento, en su corazón sonaba el tambor y el
coraje del guerrero. La experiencia de encontrar “La visión en la montaña”
había sido dura pero llevaba su verdad. Este camino del Maestro le acercaba más
a la confianza y el desapego.
Al llegar al final le esperaban el
Consejo de Ancianos que le condujeron al Gran Espíritu. Allí le preguntaron: -
¿Qué has aprendido en tu viaje en búsqueda de la visión? Ki-pui estaba
satisfecho de su viaje, cansado pero fortalecido:
- “He aprendido a tener confianza en
mí, el compromiso con mi comunidad, a saber rendirme, la alegría de la
abundancia, la esperanza y la compasión”.
¿Hay algo más que has aprendido? - Sí,
dijo Ki-pui. EL MERECIMIENTO. Esta senda la he conquistado, la he transitado.
He finalizado mi cuarta senda: ser Guía Maestro.
Así es, respondieron los Ancianos, lo
has hecho con coraje, determinación y valentía. Todos le aplaudieron. Ki-pui
pensó en lo orgullosa que estaría su tribu y que con la ayuda de los suyos
sería un futuro Gran Maestro. No es
fácil guiar a otros, hay que tener claridad y cualidades trabajadas en soledad
y con esfuerzo. Él había recorrido todos esos senderos con sabiduría. Ahora
entendía aquello de: “Nadie puede llevarte a donde no ha ido…!”
Nota de la autora. Los humanos no hemos perdido nuestra conexión con la tierra, lo llevamos en el ADN desde hace miles de años pero las tecnologías, la digitalización y radiaciones electromagnéticas las ha dormido: sentir las corrientes subterráneas de agua y las fallas en nuestro cuerpo y así poder buscar un buen lugar donde estar. Sólo debemos despertar en nosotros cómo conectar con lugares energéticos y armonizados: las cumbres de las montañas o en los claros de los bosques, cuevas o construcciones milenarias de nuestros antepasados como dólmenes y menhires que los señalan.




